Por Víctor Bascur Anselmi

Remy tiene hambre y coge un pedazo de baguette que no es suyo. Lo huele, lo disfruta antes de comerlo y cuando va a dar la primera mascada, el Chef Gusteau le dice que no lo haga: “Un cocinero prepara, un ladrón toma”. Entonces entiende. Trepa por un muro, hambriento de sabores y de mundo, esquiva una trampa, sigue subiendo por una tubería -guiado por su prodigiosa nariz- hasta que llega al techo y ve, por primera vez, la Torre Eiffel y el resplandor amarillo de aquella hermosa ciudad: “Todo este tiempo estuve debajo de París”, -dice asombrado- y Ratatouille ya no te suelta más.

Es bueno descubrir París de vez en cuando. Héctor Riquelme lo descubrió en Concepción, su ciudad natal. Por eso volvió en 2014, luego de andar por varios países y consagrarse como uno de los sommeliers más respetados de Latinoamérica, y por eso está a días de abrir 1550, un restorán-wine bar que emprende en San Pedro de la Paz junto al renombrado chef Felipe Macera (además de Claudia Rojas, Lila Rodríguez y Barry Cruces, en administración y finanzas) y que apuesta por los sabores de la Región del Biobío y una carta de vinos internacionales que tiene como columna vertebral al Valle del Itata.

Yo nunca había visto a Héctor y Héctor me invitó a su restorán el viernes pasado. Y mi descubrimiento fue humilde, como el de Anton Ego en Ratatouille. El lugar estaba sin luz artificial producto de un choque en la cuadra aledaña al restorán, así que en medio de una larga mesa iluminada por el resplandor amarillo de las velas, un buen grupo de personas dejamos de ser desconocidos compartiendo vinos, mariscos, carnes, pescados, hongos y vegetales de Coliumo,  Nacimiento, Cocholgüe, Chome, Antuco, Los Álamos, Santa Bárbara y un largo etcétera de comunas y localidades del Biobío. Y a 1550 ya no lo solté más.

Mientras compartíamos los platos y vinos explicados por el chef y el sommelier, pensé en los sabores y el mundo que uno sale a buscar hambriento. Héctor estudió en España, fue parte de la primera generación de egresados de la Escuela de Sommeliers de Chile, se embarcó en cruceros, asesoró a la Viña Concha y Toro, trabajó en la apertura del Hotel Ritz-Carlton, en Santiago, y fue reconocido como el Mejor Sommelier de Chile en varias ocasiones. Felipe estudió cocina árabe, marroquí, italiana, tailandesa, francesa, hindú; se especializó en el Basque Culinary Center y durante más de una década fue docente de chefs que actualmente destacan en Chile. Ambos exitosos, ambos con ofertas para ir a otros lugares a tomar lo que hace rato se ganaron. Pero un cocinero prepara, dijo Gusteau. Y ellos están preparando.

Treinta minutos después que la cena terminara, mientras conversaba con Felipe y Héctor, la luz volvió y pudimos recorrer el amplio restorán (ubicado en Los Mañíos 1621, San Pedro de la Paz), que contará con un gran salón principal, decorado por un mural sobre la Región del Biobío realizado por Kartess, más una sala para taller de vino (ilustrado por de.los.andes) y otra para clases de cocina que cuenta con una hermosa biblioteca que perteneció a René Acklin, el llamado padre de la alta gastronomía chilena.

En 1550 importa que las paneras sean hechas por una artesana de Antuco y que los ilustradores de sus muros sean penquistas. Les gusta comprar las tortillas de rescoldo en Coelemu y que las ostras provengan de Coliumo. Se camisetean con la región, comprando en la vega y a pequeños productores y talentos locales porque vieron, compararon y entendieron que la potencialidad es enorme, que el levantar el comercio pequeño es importante, que los sabores y aromas que quieren alcanzar están repartidos por esta tierra. La suya.

En julio deberían comenzar a atender público. Anton Ego dice que mundo suele ser cruel con el nuevo talento, las nuevas creaciones: “Lo nuevo necesita amigos”. Ojalá en nuestra ciudad encuentren muchos. Acá ya tienen uno.

 

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Larga vida al 1550

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